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05/12/2012
La Ciudad Perdida de los Tayrona. Hombres de ayer, espíritus

Espectacular crónica de nuestro amigo montañista y Escalador Luis Pardo, auspiciado por 14 OCHOMILES, de su "encuentro" con CIUDAD PERDIDA en la Sierra Nevada de Santa Marta. El amor por la naturaleza de un montañista de la sensibilidad de Luis lo llevan a otros tipo de destinos como este, ricos en aprendizaje y aventura.

Autorretrato.
Por: Luis Pardo.


Un ensordecedor trueno me despierta a media noche, parece que la habitual lluvia de las tardes se ha convertido en una monumental tormenta que retumba en la Sierra y hace temblar el frágil hamaquero en el que pernoctamos. Las tormentas me atraen, así que me levanto y camino descalzo hacia el portal desde donde puedo admirar la densa selva sacudida por las ráfagas de viento; el paisaje se vuelve cercano y lejano a la vez, basta un relámpago para descubrir que toda la bastedad de la jungla no se encuentra a más de 5 metros del techo que me guarece. Pasa quizá 1 o 2 horas antes de notar que mis piernas están empapadas por la lluvia horizontal que logra mojar el interior del refugio, he permanecido absorto en mis pensamientos hasta casi el amanecer. Vuelvo a la hamaca y entro en duermevela mientras la lluvia cesa y el trinar de las aves anuncia el alba.

Con las primeras luces del día nos ponemos en marcha, bastan 6 horas de caminata por territorio indígena Kogui para arribar a la Ciudad Perdida de los Tayrona, los vestigios de lo que fue un bello poblado prehispánico construido con una sofisticada arquitectura de piedra que les permitió habitar un lugar tan agreste y salvaje. Un delgado sendero atraviesa la selva que custodia la vertiente norte de la Sierra Nevada de Santa Marta, pasamos un moderno puente colgante que remplazó la vieja carrucha y que, colgando en tirolesa, usaban hasta hace poco los visitantes para atravesar el estruendoso río Buritaca. Fuertes ascensos en tierra rojiza desgarrada por la lluvia exigen al caminante constancia y determinación en sus pasos, las tirantas del morral se clavan en los hombros cuando la pendiente se acentúa y las altas temperaturas provocan chorros de sudor que descienden por pecho y espalda a medida que se acerca el medio día. En ocasiones la selva se cierra como tejiendo trampas de oscuridad para el visitante asustadizo, provocando principios de claustrofobia en quienes no están acostumbrados a la soledad de los espacios naturales, pero el sonar del río y de las bandadas de pericos nos recuerda que aún hay mucho mundo tras la cortina de gruesos y milenarios árboles que impiden ver el bosque; no hay más opción que continuar la extenuante caminata siguiendo huellas de botas pantaneras y sorprendentemente de pies descalzos, indicio del paso de gentes nativas de estas selvas.

Nuevamente el camino cae al río Buritaca, sería ya el quinto paso del río que debemos sortear, pero esta vez no hay puente ni tirolesa así que morral a la cabeza debemos vadear las tibias aguas. Y una vez al otro lado una empinada escalera de más de mil doscientos pasos da acceso a Teyuna, la Ciudad Perdida o el “infierno verde”, como fue llamado por los guaqueros que bajaban de este lugar en la década de los 70´s. Ese fue el último paso de río, así que abandonamos nuestra preocupación por una sorpresiva creciente del río ante la inminente lluvia que anuncian las bajas nubes que plomizan el paisaje. Uno a uno subimos los escalones de piedra por 300 metros de desnivel hasta un vertical muro de piedra cubierta por el verdor del musgo húmedo y que da estabilidad a las primeras terrazas y anillos de piedra de la ciudad. La neblina desciende y una delgada lluvia entibia el ambiente, nosotros vamos subiendo por escaleras y caminos perfectamente conservados a través del tiempo rodeando espacios habitacionales que antaño albergaron familias enteras de indígenas. Hoy están vacías, pero conservan aún el espíritu sacramental de lo que fue.

Durante 15 o 20 minutos caminamos por estos lugares logrando divisar sólo lo más cercano, pues la neblina se estableció definitivamente en este empinado cerro, hasta que llegamos al llamado Eje Central, donde se localizan las terrazas principales y más altas del lugar. Un escenario fantasmagórico se abre a nuestros ojos: perfiles de Tagua se cortan a través del blanco espesor, muros de hasta 12 metros de altura engrandecen la maravilla natural y arquitectónica del lugar, las lajas de piedra mojada reflejan al cielo como un suelo de espejos; todo se confunde en un blancuzco espectral que impide dar perspectiva a muros, árboles y personas, todo parece lejano aunque esté al alcance de las manos. Qué fácil sería extraviarse por estos lares de no ser por la ininterrumpida acomodación de piedras que se entrelazan en caminos y callejuelas por toda la ciudad. Todos los del grupo tratamos de mantenernos juntos al alcance de la vista, cuando nos enfilamos por uno de esos senderos de piedra que nos conduce a los aposentos donde dormiremos. Es una pequeña cabaña de madera levantada sobre pilotes en uno de los anillos de la parte alta de Teyuna. Logramos llegar antes que se desate la habitual tormenta de todas las tardes. Comemos algo que revigorice nuestros cuerpos e intercambiamos percepciones de la jornada mientras la noche cae y la lluvia engrandece el caudal de los ríos y quebradas cercanas. Antes de dormir doy un vistazo fuera de la cabaña y noto que pequeños claros en el cielo desgarran nubes permitiéndome reconocer la constelación de Orión, presiento que vendrá una fenomenal mañana.

Y en efecto. Un retumbar de cantos, trinos, gritos, y otros cuantos sonidos que no identifico saludan el sol incluso antes del amanecer. Aún a oscuras camino hacia el “Pozo de la Juventud”, un mítico lugar en la quebrada Quiebrapatas donde según la leyenda habrá que sumergirse en esas frías aguas antes que los colibríes desciendan a beber el agua; de esa manera uno adquiere el don de la juventud antes que estas pequeñas aves lo absorban a bocanadas. Luego, voy a la terraza principal donde me siento con los pies al vacío a mirar lo que queda del amanecer, poco a poco toda la cuenca del Buritaca se alumbra y calienta con los fuertes rayos de sol; ahora si logro reconocer todo lo que ayer eran penumbras, al frente inmensos cerros se elevan en pendientes cubiertas de selva y detrás, desde donde viene la quebrada Quiebrapatas, se lanza al vació una delgada cascada de agua cristalina por más de 200 metros de altura, símbolo de la inaccesibilidad del lugar; esto le da un toque de majestuosidad a la ya impresionante vista circundante.
Durante toda la mañana estuvimos visitando las más de 20 hectáreas que conforman este lugar, el Parque Arqueológico Teyuna-Ciudad Perdida, administrado por el Instituto Colombiano de Antropología e Historia e inmerso en el Parque Nacional Natural Sierra Nevada de Santa Marta. Fotografiamos las más sorprendentes estructuras pétreas de origen centenario, pensando en cómo habrán logrado resistir las inclemencias de la jungla por más de un milenio; según los datos arqueológicos fue empezado ser construido en el año 600 y abandonado en el año 1560 tras la invasión europea en las tierras bajas, porque aún con todo su poderío militar y conquistador nunca lograron lo españoles llegar a Teyuna, lo que la convirtió 500 años después en la Ciudad Perdida.

Y así como llegamos debemos marcharnos, con el morral al hombro, caminando, como lo hacían nuestros ancestros y como lo seguirán haciendo las próximas generaciones que desean conocer nuestra propia historia, nuestros lugares, caminando nuestra patria, sudando nuestro propio monte. Pensamos en los hombres de ayer, los espíritus de hoy. Y deseamos que sigan custodiando el lugar para conservarlo hasta siempre.


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