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30/05/2012
Un dejavu sin pasado

Crónica de nuestro amigo y montañista auspiciado Luis Pardo sobre su ascenso al Pico El Castillo, en la Sierra Nevada del Cocuy.

Contrafuertes del Castillo
Por: Luis Pardo

Las Tres Marías de Orión se adivinaban tras las piedras que conforman la cueva del vivac, el cielo es tan negro como el petróleo árabe derramado sobre blancas arenas, el gélido ambiente de alta montaña cubre de escarcha argéntea todo lo que queda a su alcance; uno a uno, estos pensamientos se amontonan en mi mente tras haber logrado dormir algunas horas sobre un par de rocas endurecidas por millones de toneladas de presión ejercidas por los glaciares que antaño cubrían estas lomas. ¡No lo soporto más! tendré que levantarme a vaciar mi vejiga torturada por el sonido persuasivo de un riachuelo que corre por debajo de las rocas que nos alojan; miro mi reloj y noto la cercana aurora; ¡es hora de la acción!

Aún a oscuras, iluminando nuestros pasos en el vacío etéreo del amanecer nos dirigimos a la Montaña más bella de Colombia: “Pico El Castillo”, que con una altura modesta sobresale por encima de toda la treintena de cimas circundantes, dada su forma erguida e intimidante se revela orgullosa ante sus cumbres hermanas por ser la única que se codea con las estrellas a más de cinco mil metros y que conoce los secretos de las llanuras orientales cuando los velos de neblina se esparcen en girones. Paso a paso intento recrear en mi mente el ímpetu de la cordada colombo-suiza que por primera vez se internó en estos agrestes valles buscando el acceso a las nieves perpetuas que cubrían el lomo de la montaña como las vertebras de un saurio adormecido en un colchón de nubes.


Los tonos cálidos del amanecer me devuelven a la realidad y el espectáculo de luces rojas y naranjas sobre las paredes orientales de los San Pablines me reconfortan incluso más que los rayos de sol que rozan mi entumecido cuerpo. “Siéntate al sol, abdica y sé rey de ti mismo” dice el verso maestro de la contemplación montañera, pero no hay posaderas que resistan más que un par de minutos sobre las nieves en el amanecer, así que emprendemos nuestra marcha y nuevamente me abstraigo en recuerdos que no son míos, en un dejavú sin pasado.


Levanto mi encorvado cuerpo y mis ojos se dirigen a las afiladas cuchillas que se apilan en contrafuertes rocosos y afloran en cercanías a la cumbre, destrepo mentalmente la vía que planeamos recorrer hasta un punto ciego que no se logra divisar, me grabo en la memoria los lugares clave y me concentro en las dificultades más próximas que gradualmente se van acrecentando favoreciendo la entrada en calor del cuerpo y la determinación. Un par de pasos y conexión de neveros nos llevan fácilmente al Paso del Afanado, pero desde allí estamos tan debajo de la montaña y ésta es tan vertical que no se logra ver más allá de unas cuantas decenas de metros, así que encaro el primer canalón nevado y en delicada escalada mixta superamos las demandas iniciales. Mis piernas parecen reventar al no suplir la demanda de oxígeno, así que cedo la cabeza de cordada a Diego Gómez, mi joven compañero de montaña que ahora demuestra su resistencia física y su fortaleza mental para superar resaltes empinadísimos, puentes de hielo y secciones mixtas sin la más mínima duda o titubeo. Poco a poco, paso a paso, casi que a “pico y pala” nos encaramamos en las crestas cimeras de la montaña, donde la nieve espesa da lugar a peligrosos conjuntos de roca descompuesta apelmazada con manotadas de hielo podrido. Vuelvo a la punta caliente de la cuerda, la situación se hace cada vez más apurada por la precariedad de nuestros pasos pero la confianza que debe caracterizar a la cordada nos da la determinación para apenas rozar la montaña y pasar en delicado ascenso sin provocar fallo alguno; nos sentimos como dos fantasmas vagando entre las nubes… tratando de tocar el cielo… unidos por el corazón más que por la cuerda.


Por fin llegamos a lo alto de la canaleta, donde la zona norte de la Sierra se muestra a nuestros ojos y se abre a nuestros pies. Sólo nos separa de la cumbre una hermosa cresta desprovista de nieve con buena roca fracturada por crioclastismo, el ritmo cardiaco se detiene por un momento al sentirse nuestros corazones tan cerca del objetivo anhelado. Dos largos más de cuerda y llegamos a la cumbre nevada del pico El Castillo, donde la Sierra se parte en dos y la divina providencia nos regala un espectáculo sin igual: las nubes se dispersan y durante los 20 minutos que permanecimos allí no nos cansamos de identificar cumbres, admirar valles, regocijarnos con paisajes inimaginables y por supuesto idear nuevos ascensos en aquellos pilares y tapias tan vírgenes como los secretos del centro del universo. Pero la felicidad se acaba pronto y caemos en cuenta que ya pasado el medio día el descenso será largo y tortuoso, así que piolets en mano nos disponemos a destrepar lo que hace poco nos parecía casi imposible trepar. Miramos el cielo, agradecemos al espíritu de las montañas por dejarnos entrar en su reino y volcamos toda nuestra concentración en cada paso de vuelta al mundo de los humanos.


Hoy miro esta montaña con otros ojos, los ojos del hombre soñador que un día vio el mundo desde el trono de los dioses y que anhela con ansia desesperada volver a sentarse en el Olimpo colombiano en compañía del amigo perfecto: la cordada montañera que comparte sus sueños y asegura sus locuras.


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